Sábado 24 de octubre de 2026

El Tren del Recuerdo llega a Ocoa

Este sábado 24 de octubre llega a Ocoa el Tren del Recuerdo, con pasajeros que repiten el viaje que hace más de cien años hicieron los excursionistas de este relato: llegar en tren al valle y recorrerlo entre las palmas chilenas. La actividad incluye una caminata guiada por el Palmar de Ocoa, en el Parque Nacional La Campana, y una visita a la feria de productos locales.

  • 08:20 salida desde Estación Central, con desayuno a bordo.
  • 11:40 llegada al antiguo paradero Villa Prat, en Ocoa.
  • 19:20 regreso en tren, con snack. Llegada a Santiago a las 22:20.

Actividad organizada por la Cámara de Turismo del Valle de Ocoa, EFE y la Corporación del Patrimonio Ferroviario.

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Antecedente histórico

Un viaje a Ocoa en 1920

Relato publicado en la revista del Club Alemán de Excursionismo de Valparaíso (1921)

Estas páginas son la traducción al español de un relato publicado en la revista D. A. V. Mitteilungen, editada en 1921 por el club de excursionismo de la colonia alemana de Valparaíso. Narra una excursión en tren al valle de Ocoa realizada en septiembre de 1920: un grupo de excursionistas de Santiago y Valparaíso baja del tren, camina entre las palmas chilenas y acampa dos días en el valle antes de volver a Santiago.

  • Publicación original: D. A. V. Mitteilungen
  • Editor: Deutscher Ausflug-Verein zu Valparaíso (Club Alemán de Excursionismo de Valparaíso)
  • Número: 2.º año, enero/febrero de 1921, Cuaderno (Heft) 4
  • Relato: “Leben und Treiben im Ocoatal” — «Vida y trajín en el valle de Ocoa»
  • Autor y fecha: “Sepp”, Santiago, 23 de septiembre de 1920
  • Idioma original: alemán
  • Fotografías: cinco fotografías originales publicadas con el relato (págs. 3, 5, 7, 9 y 10 de la revista)

Este relato, en su idioma original, se puede encontrar en dav.cl/revista.


Vida y trajín en el valle de Ocoa

Un viaje a Ocoa desde Santiago

Hasta aquí estábamos de acuerdo: queríamos pasar los días feriados al aire libre. Pero, ¿qué hacer? Al principio no sabíamos con certeza si tendríamos dos o tres días libres, como sin duda los tendrían los afortunados porteños. Así que se tejieron planes para cada caso: si eran tres días, iríamos a la Laguna Negra; si solo dos, a un hermoso cerro cerca de San Francisco de Mostazal. Pero las cosas casi siempre salen de otro modo. Nuestra solicitud de permiso para visitar la Laguna Negra fue rechazada con el argumento de que, por temor a atentados anarquistas contra el suministro de agua de Santiago, por el momento no se permitía la visita a esa zona. Así que con eso quedaron descartados los tres días de asueto. Al día siguiente —ya era jueves 16— los grandes almacenes acordaron cerrar el lunes 20, así que también tuvimos que abandonar nuestro segundo proyecto, el de los dos días. ¿Y ahora qué? Uno de nosotros se desanimó y declaró: «Bah, yo me quedo en Santiago y me divierto con las muchachas». Los demás dijimos: «Bueno, entonces vayamos otra vez a Ocoa». Ocoa es el ancla de salvación cuando se corre peligro de ahogarse en el mar de planes de excursión y opiniones encontradas.

Dicho y hecho. Sacamos el horario. Ningún tren hasta el ordinario del sábado a la una de la tarde. ¡Maldición! Porque el expreso no para en Ocoa, y si se le hace parar especialmente, cuesta cincuenta pesos. ¿Ir en el expreso el viernes a las 7.45 de la tarde hasta Calera y de ahí a pie hasta Ocoa? No teníamos mapas, y además estaba el problema de caminar cargando el pesado equipaje. Tampoco. ¿Qué tal un tren de carga? Así podríamos arreglar nuestras cosas el viernes por la noche, comer como corresponde y luego partir hacia las diez de la noche; calculábamos que así estaríamos hacia las dos de la madrugada en Ocoa y al amanecer en el campamento. ¡Espléndido! Así que corrimos en el carro hasta la estación Alameda a pedir información. «No, amigo mío», explicó el empleado del ferrocarril, «para eso tiene que ir a la estación Yungay, que es donde se hacen los embarques». Así que otra media hora de carro. El empleado explicó: «Sí, mañana viernes salen los siguientes trenes de carga, suponiendo que no ocurra ningún imprevisto: a las seis de la tarde, a las ocho, a las diez y a la una de la madrugada del sábado; pero vuelva mañana a esa hora y podré decírselo con exactitud». Al día siguiente, a la hora convenida, nos dice: «Sí, alrededor de las diez sale el N.º 106; así que esté aquí unos diez minutos antes. Los boletos se consiguen en la estación de pasajeros de Yungay, unas seis cuadras más allá».

Así que hacia allá fuimos. Estación silenciosa y desierta. Por fin apareció un empleado con gorra grasienta, chaqueta grasienta y un lápiz grasiento tras la oreja. «¿Tendría la amabilidad de decirme dónde se sacan los boletos?». «Sí, tiene que ir por atrás, ahí está la boletería, pero vuelva dentro de una hora, ahora no hay nadie». ¡Qué enredo! El almuerzo se quedó sin digerir del puro enojo. En una hora cierran. Así que apenas alcanzamos a avisar a los compañeros de excursión y volver a la estación. Otra media hora de carro por los barrios pobres hacia el Centro, y luego de vuelta para comprar los boletos: primera clase, ordinario, más 3,60 pesos de recargo por tren de carga. Un gusto caro y además bastante dudoso. Pero «para eso hay que tener alambre en el cuerpo». Al menos era un poco de variedad. Así que otra vez al carro hacia el «Centro» a comprar algunas cosas más. Luego a casa a empacar. Esto se hace con una escrupulosidad y un sentido de organización poco comunes, pues no se quiere prescindir de nada ni tampoco cargar con demasiado.

Después, ¡en marcha! A la hora convenida llegan todos, en carro, en Ford y en coche. Cuatro hombres. El tren, por supuesto, aún no está formado. Así que charlamos un rato con el «jefe nocturno» y observamos cómo la gran locomotora Mikado, con sus dos imponentes faros —uno delante de la chimenea y otro sobre el carbonero—, retumba sobre los rieles y va juntando los vagones. El cielo está cubierto de nubes; solo aquí y allá brilla una estrella solitaria. Desde la oscuridad de la estación destellan luces de posición y faros sueltos, y se oye el resoplar de las máquinas y el silbido del vapor de escape. A las diez y doce todo está listo. La cosa había ido más rápido de lo que pensábamos, y el personal del tren nos cedió lo mejor que tenían.

Paisaje de palmeras en el valle camino a Ocoa
Fotografía publicada junto al relato (D. A. V. Mitteilungen, pág. 3): paisaje de palmeras en el valle camino a Ocoa.

Primero, un compartimento cerrado. A izquierda y derecha de un pasillo de un metro de ancho había tres literas superpuestas de cada lado; en cada una, un montón de trapos de color indefinido. ¿Se suponía que ahí íbamos a dormir? A mí me recorrió un escalofrío tras otro. Otro dijo: «Ni muerto; no quiero pescarme el tifus exantemático». El aire era irrespirable, apestaba a gas de carbón. En ese momento cada guardavía, cada guardafrenos, etc., me pareció un verdadero mártir. Gracias a Dios descubrimos una puerta que llevaba a un segundo compartimento. Allí había una mesa sobre la que ardía —o más bien humeaba— un mechero de aceite maloliente, un banco, un taburete y un cajón alargado junto a la pared de enfrente. El aire allí también daba náuseas, pero aun así el lugar era un auténtico coche-cama Pullman comparado con el primero. El cajón junto a la pared enseguida despertó el interés de mi ojo de excursionista, y me pareció perfecto que, mientras los demás pusieran encima todo su equipaje, yo pudiera después, una vez que todos hubieran encontrado dónde acomodarse, tenderme en el suelo y desenrollar allí mi saco de dormir. Dicho y hecho.

Cuando el tren se puso en marcha entre gran pitido, gritería y bocinazos, me instalé allí cómodamente para pasar la noche, pues, tras lo que había insinuado el jefe de estación sobre que debíamos alegrarnos si llegábamos a las siete u ocho, la llegada a las dos de la madrugada a Ocoa ya no me parecía tan segura. Me quité los zapatos y la chaqueta y me metí en el saco de dormir. Una manta me sirvió de almohada, y una pipa humeante me llevó al punto culminante del ambiente «acogedor». Los compañeros se sentaron en el banco o miraban por la ventana, por la que el paisaje pasaba a una velocidad que jamás habríamos creído posible en un tren de carga. Uno de ellos sacó de su mochila una armónica descomunal, con la que casi cuatro hombres habrían podido soplar a la vez, y tocó melodías alegres. La cosa iba bien y podría haber seguido así. Pero no siguió así.

La noche se puso fría, y un par de hombres del personal del tren encendieron en un compartimento vecino (el N.º 3) una estufa que producía más humo que calor. Como el humo se hacía insoportable, en nuestro «salón» tuvimos que dejar ambas ventanillas abiertas, por donde escapaban al exterior tanto el humo como el calor. Así que mis compañeros pasaron la noche del modo más agradable, entre toses y tiritones. En el saco de dormir, en cambio, apenas se notaba ni lo uno ni lo otro. Adentro hacía calor, y el humo se deslizaba por el techo bajo y tiznado hacia afuera. En cada estación el tren se detenía. En las primeras, un cuarto de hora —«para irse acostumbrando»—, luego cada vez más, entre tres cuartos y una hora y cuarto. Yo empecé a desear ardientemente que aquello terminara, y mis compañeros se pusieron rebeldes y silbaban desde el último vagón como si fueran veinte jefes de tren a la vez; pero de nada sirvió. Incluso mi lámpara de acetileno, que durante largo rato había iluminado el compartimento con luz radiante, empezó a aburrirse de la situación y dejó de cooperar, a pesar de que al final habíamos abierto la llave de agua por completo. Cuando el tren dejó Llaillay ya empezaba a clarear el día. La cumbre del Cerro Caqui asomaba oscura contra el firmamento gris pálido, y los álamos, grises, iban pasando.

El nuevo día levantó otra vez algo el ánimo, y cuando salimos del aire viciado del tren hacia la mañana en flor, con su aire fresco y áspero, olvidamos el viaje en tren y, de buen humor, tomamos el camino a pie. Un ambiente maravilloso reinaba sobre campos y praderas. Eso le quitaba hasta a la conocida «alameda interminable» su fama de aburrida. Aún ningún rayo de sol caía sobre la región. Caminar era un placer y avanzábamos con brío. Al final me fui quedando cada vez más atrás de mis amigos de piernas largas —además, todos ellos grandes gimnastas—. Eso al principio me molestó un poco. Me pareció poco compañerismo, y empecé a renegar contra la gente que considera la hermosa naturaleza de Dios como un gran aparato de gimnasia sobre el cual, con «la mirada al frente», hay que ejecutar los ejercicios reglamentarios. Pero al final me dije que la mayoría de los excursionistas tienen la manía de caminar rápido para llegar pronto, y que en el fondo eran buena gente, y pensé: que avancen.

Yo, por mi parte, iba trotando al paso que convenía a mis piernas cortas, más despacio, disfrutando de los abedules al borde del camino con su vistoso verdor, de las laderas de los cerros que con la luz del sol naciente iban tomando poco a poco colores vivos, del ternero pinto y joven que pastaba en los prados bien verdes y me miraba con curiosidad, y que se ponía a dar saltitos sobre sus tiesas patas traseras cuando me acercaba a él. De vez en cuando encendía la pipa o sacaba un «sándwich» de la mochila. Veinte minutos antes de las siete llegué a la cascada, y seguí luego tranquilamente mi camino pasando junto a las casas de los inquilinos, y también crucé sin contratiempos los distintos canales que atravesaban el camino, sobre cuyo tramo más profundo y ancho solo había un grueso tronco de árbol a modo de puente.

Del otro lado de los corrales me esperaban mis compañeros, porque suponían que yo no conocía un atajo hacia el «despacho». Eso me reconcilió por completo con ellos, y en buena armonía seguimos el sendero sinuoso, pasando junto a las primeras palmeras y cactus. En el despacho despertamos a la gente con gran estrépito en la puerta, para comprar algo de pan. Yo mismo conseguí cuatro huevos frescos, cuyo precio pagué con un peso y con muchas gotas de sudor derramadas en el camino, por miedo a que se rompieran. En la espalda llevaba la mochila, en la mano izquierda sostenía continuamente el saco de dormir con una manta, etc., y con la derecha sujetaba firmemente el bolsillo de la chaqueta donde llevaba los huevos, para que no se balancearan por ningún lado. Llegué al campamento sano y salvo, «sin los aplastados». Este quedaba a unos diez «minutos-cerveza» por encima del llamado «casino de oficiales», donde dos amigos acampaban desde hacía días y habían levantado su «carpa de cuatro hombres» marca «D. A. V.». Un lugar hermoso y amplio, con numerosas palmeras, a una distancia razonable del agua y del camino, con hermosos prados cercanos para tomar sol. Sencillamente magnífico.

Ranchos de paja entre palmeras, cerca del despacho
Fotografía publicada junto al relato (D. A. V. Mitteilungen, pág. 5): ranchos de paja entre palmeras, cerca del despacho.

Nos pusimos enseguida a comer y preparamos un cacao maravilloso; luego, sin habérnoslo propuesto, dormitamos todos juntos unas dos horas bajo el hermoso sol de la mañana, entre las palmeras tranquilas y el cielo azul. Después de esto comenzamos a llevar la «vida de Ocoa», que consiste en hacer poco y no pensar en nada más que lo que la propia naturaleza sugiere: mirar un poco, pasear, comer, beber, dormir, tomar sol y quemar hojas de palma. Por eso también hay siempre poco que contar de todo esto, y cuando se habla de ello solo se dice que fue «lindo», «macanudo», «una cosa de primera» o «sencillamente regio».

Por la tarde, hacia las dos, llegó el resto de los santiaguinos. Eran ocho. Habían tomado el expreso de la mañana que, excepcionalmente —o no sé cómo se las arreglaron, porque algo habrán pagado por ello— sí paró en Ocoa. Así que toda nuestra maniobra con el tren de carga había sido, en realidad, en vano; pero nos consolamos pensando que habíamos recorrido todo el camino con el maravilloso aire y sol de la mañana, y que ya habíamos disfrutado un par de horas hermosas en el valle de Ocoa.

Avenida de palmeras junto al campamento, al atardecer
Fotografía publicada junto al relato (D. A. V. Mitteilungen, pág. 7): avenida de palmeras junto al campamento, al atardecer.

Los ocho eran gimnastas de Santiago. Se lanzaron enseguida con gran entusiasmo al trabajo más pesado, acarrearon una cantidad increíble de hojas de palma para la gran fogata —tantas que ni siquiera pudimos quemarlas todas— y movieron todas las piedras de los alrededores para delimitar con ellas el área de la fogata y usarlas como mesas. Cuando el lunes volvimos a partir, las esparcieron de nuevo en todas direcciones —para hacer ejercicio, por supuesto, para que los músculos no se les aflojaran—. Apoyado contra un poderoso tronco de palmera, con una pipa humeante en la boca y la mochila bien rellena al alcance de la mano, pude pasar horas mirando cómo trabajaban los demás. Hacia el atardecer ya había holgazaneado y comido tanto que un dolor de cabeza se desató con fuerza huracanada dentro de mi cráneo. Poco consuelo me daba tener un compañero de sufrimiento. Se hizo de noche, la fogata ardía con fuerza, la rodeaban ruidosamente los alegres compañeros, y se preparaba el vino caliente. Ya no pude seguirles el ritmo. Más muerto que vivo me metí en el saco de dormir y pronto me quedé dormido, pues el zumbido uniforme de mi cabeza ahogaba el bullicio junto a la fogata.

A la mañana siguiente desperté cuando los primeros rayos de sol, que llegaban por encima de las estribaciones del Roble, calentaron tanto la tela encerada de mi saco de dormir que pronto ya no se podía aguantar dentro. La tormenta en mi cráneo había amainado y solo quedaban algunos relámpagos rezagados. Una espléndida y fresca mañana de primavera. Sin envidia observé cómo los demás preparaban su bebida matutina —«café aguado»— y masticaban galletas y «sándwiches». Yo había decidido ayunar, por más que me costara, y, casi con lágrimas, salí a gatas de mi saco de dormir y hurgué en la mochila…

…el fuego —o más bien las brasas— ya estaba en sus últimos momentos. Entonces lo retiramos y desenvainamos los cuchillos con expresión ávida. Pero, ¡ay!:

Era en verdad hermoso de aspecto, mas no apto para el disfrute.

Cuando clavamos el cuchillo con fuerza, brotó sangre. Por dentro el bicho aún estaba crudo, y ya no podíamos seguir asándolo, pues con esas brasas, a lo sumo, se habría podido calentar un poco de enjuague bucal. Así que cortamos la costra crujiente de afuera y nos la comimos. El resto lo dejamos para terminar de asarlo al día siguiente con brasas nuevas, pues no éramos caníbales como para devorar de un tirón un par de kilos de carne cruda. Apoyamos la lanza con la carne contra una gruesa palmera y nos divertimos imaginando las cabriolas que harían los zorros esa noche para apoderarse de ella. Seguramente el olor del asado ya les había llegado a la nariz desde hacía rato, porque llevábamos tiempo oyendo cómo se aullaban de una ladera del valle a la otra.

Para el resto del día —hasta la medianoche— teníamos previsto visitar el campamento del club de remo y al señor Milo, para cantar en gran corro y pasarlo bien. Con la lámpara de acetileno en alto —que por lo demás nos había prestado grandes servicios durante toda la excursión— emprendimos el camino. Al frente, la banda de música: dos armónicas y un acordeón. Primero llegamos al campamento del club de remo. Reforzados por sus ocupantes, avanzamos luego —Club de Gimnasia de Santiago y Club de Remo de Valparaíso— hasta el campamento del señor Milo, pero encontramos a la gente cansada tras la excursión al Roble. Por eso nos retiramos pronto, después de hacer una breve visita de cortesía.

En cambio, junto a la fogata de los remeros se volvió tanto más animado. En un gran círculo nos sentamos más de veinte hombres, agasajados de la manera más cordial con vino caliente, que humeaba en un gran caldero sobre el fuego y estaba mezclado con mucho criterio y poca agua. Circularon muchas canciones alegres y más de un chiste. Especialmente sobre un baile en casa de los Comerciales se contaron las cosas más increíbles. ¡De todo tipo de travesuras parece que ocurrieron allí! A medianoche, bajo una luna pálida y la luz clara de las lámparas, regresamos por fin, todos un poco achispados, hacia nuestro campamento, donde «asaltamos», para su no poco susto, a nuestros dos vigilantes, que por supuesto habían dejado apagar el fuego y se habían quedado dormidos. Aquello sí que había sido una idea descabellada, porque si los «vigilantes», en su duermevela etílico, se hubieran puesto a disparar…, en fin, mejor ni pensarlo.

Con bulliciosa alegría y junto a la fogata que volvía a arder con fuerza, cada uno buscó luego su lugar y durmió hasta que lo despertó el frío de la madrugada. El lunes por la mañana algunos decían que la noche había estado terriblemente fría. Pero yo no sé nada de eso, y disfruté de mi saco de dormir, que a mis ojos es en verdad un mueble espléndido.

La mañana estuvo marcada por los preparativos de la partida. Por eso tampoco a mí me retuvo la cama tibia, pues había que terminar de asar el asado. Pero de ese esfuerzo nos habían librado los zorros. La estaca yacía en el suelo, «pelada hasta el hueso». Ya no tenía ningún sentido decir nada más al respecto. Uno de nosotros, que había dormido mal, contó que había oído a los zorros merodear por el campamento, y muy cerca de donde dormía, pues incluso había notado su mal olor. Después comenzó un gran «festín de las sobras». Para acompañar se bebió «café aguado» y cacao. A las nueve emprendimos la partida, después de dejar el campamento ejemplarmente limpio. Se quemaron todos los papeles, igualmente las cáscaras de naranja, así como la hojarasca del campamento (hojas de palma); las latas de conserva se amontonaron en un solo lugar y las piedras apiladas se dispersaron.

En el «casino de oficiales» encontramos amarrada la mula que habíamos encargado para que llevara nuestros sacos de dormir y ponchos hasta la estación. El huasito, mientras tanto, había seguido con su tropilla de mulas hacia el campamento del señor Milo, y pensaba, a su regreso, cargar también nuestro equipaje. Mientras esperábamos, aproveché para visitar el campamento de los señores Tag y compañía, que ya llevaban su «cura de luz y sol», y que, como siempre, se mostraron amables y de buen humor. Habían levantado su carpa en un claro palmar con mucho césped verde, y justo en ese momento estaban disparando al blanco con una pistola de salón, lo que despertó en mí una envidia sin límites. Por supuesto que a mí también me dejaron apretar el gatillo un par de veces, y comprobé con satisfacción que tanto la vista como el pulso seguían en buen estado. Pero pronto hubo que despedirse. Silbidos en varios tonos y un zumbido rítmico de narices me llamaron de vuelta con mi grupo, que había decidido cargar el equipaje al hombro, ya que el arriero seguía sin aparecer, y dirigirse hacia el «rancho de leche» junto al tranque para «tomarse uno». Un tarro de leche, se entiende.

Campamento de carpas entre las palmeras del valle
Fotografía publicada junto al relato (D. A. V. Mitteilungen, pág. 9): campamento de carpas entre las palmeras del valle.

Deprisa se garabateó una nota diciendo que esperaríamos en el rancho, para que luego se la metieran bajo la cincha de la noble bestia de carga. ¡Menudo espectáculo! El animal coceaba hacia todos lados y casi se ahorca con su propio lazo. Habíamos mandado por delante a nuestros dos mejores saltarines, que «a pesar de todo» se vieron en serios apuros. Después seguimos hacia la conocida fuente de leche, y cuando faltando diez minutos para las doce del mediodía el arriero seguía sin aparecer, tuvimos que partir por la fuerza con nuestro equipaje, pues no podíamos correr el riesgo de perder el ordinario a Santiago, que según el horario debía salir a las tres y cinco de la tarde.

Pronto los atletas de la caminata nos dejaron muy atrás a mí y a dos compañeros, aunque nosotros también marchábamos a un ritmo bastante ligero. Volvía a hacer un tiempo estupendo para caminar: bajo un cielo azul navegaban grandes masas de nubes, y del norte soplaba en ráfagas cortas una brisa refrescante. Justo cuando entrábamos en la gran «alameda interminable» con su hilera de álamos en línea recta, nos alcanzó un coche con tres araucanos (n. b., de la asociación estudiantil). Subimos enseguida al coche con el alegre saludo:

¡Vivat, crescat, floreat la Araucania, porque tiene un coche!

Camino arbolado
Fotografía publicada junto al relato (D. A. V. Mitteilungen, pág. 10): camino arbolado.

Estábamos muy satisfechos con nuestra suerte, pues al mediodía la «alameda interminable» no admite circunstancias atenuantes, como sí las tuvo en la hermosa y sugerente mañana de nuestra llegada, tras el viaje en tren del que habíamos quedado hartos (de polvo de carbón). Llegamos al mismo tiempo que los demás, que habían recorrido todo el camino desde los ranchos del tranque hasta la estación en dos horas. A las tres y media —el tren llevaba media hora de retraso— estuvimos un rato en el pueblito y en la estación, admirando a las bellezas del lugar, a quienes el gran acontecimiento había atraído hacia la vía férrea, y a quienes, por nuestra parte, también dejamos admirarnos a nosotros, hasta que el tren, resoplando a lo lejos, puso fin al idilio.

Con todo, aunque todo había salido bien, en el vagón de primera clase, con mochila y saco de dormir, y a pesar de mi boleto de primera clase, me sentí algo «fuera de lugar». Detrás de mí estaban sentados dos reverendos que conversaban muy eruditamente en francés; a la derecha de ellos, un yanqui flamante, y junto a él su elegante media naranja. El señor sacó pronto una pipa corta y se puso a echar humo, y entonces pensé para mis adentros: «Eso también lo puedo hacer yo». Así que también cargué mi pipa con tabaco de campo y bosque, el paquete de un peso con veinte (marca Universidad). Las reverendas personas se quedaron en medio del fuego cruzado y empezaron a leer en silencio.

Parada en Llaillay. Media docena de señores y jovencitos suben al vagón, dando vueltas al sombrero en la mano, haciendo reverencias y poniendo ojos de piadosa devoción romana. El viaje continúa, la comisión se retira. El tren es larguísimo y lleva tres locomotoras de refuerzo para poder subir a la Cumbre. La tarde va cayendo, dorada primero, luego de un azul crepuscular. Yo también empiezo a adormecerme. Poco antes de Mapocho. Fiebre de la llegada. Se mueven los baúles, la comisión se lanza desde otro vagón hacia el nuestro, donde están los reverendos, y se ofrece (con humilde reverencia) a llevarles el equipaje: un rollo de papeles y dos maletines de viaje. Brilla el orgullo en los ojos de cada uno que consiguió hacerse con algo. Un jovencito agarra la correa de mi saco de dormir negro, del cual, sin duda por el color, supone que pertenece a las sotanas. Yo le explico, sin embargo, cortés pero firmemente, que ya me encargaría yo mismo de llevarlo.

Fanfarrias estruendosas de la banda salesiana nos reciben a la entrada de la estación Mapocho. Es un estruendo que hace zumbar la cabeza a cualquiera. Me sentí, ciertamente, muy honrado por este recibimiento, pero aun así me alegré cuando estuve afuera y divisé el carro N.º 11. Cuando luego estuve de nuevo en casa y sentí bajo mis pies el piso encerado, me asaltaron sin embargo leves dudas sobre si aquel recibimiento musical en verdad nos había sido dedicado a nosotros, los excursionistas; y cuando, con ayuda de mucha agua caliente, me afeité del mentón los rastrojos de Ocoa, quedé casi seguro de que el ahumado reverendo que iba detrás de mí era, cuando menos, un obispo, y que era él, por tanto, el homenajeado.

Santiago, 23 de septiembre de 1920. — Sepp.

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